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ÚLTIMAS MEDITACIONES

“Hoy ha sido la salvación de esta casa”

Por Miguel M.

Con vuestra licencia, Soberano Señor Sacramentado. Hemos escuchado esta noche tu palabra. Incluso nos hemos situado, como si presentes nos hallásemos, en aquella ciudad de Jericó, cerca del Jordán, camino de Jerusalén. Tiene un aspecto cómico, ver un hombre bajito subido a un árbol para verte. Y desde luego nos muestra, como tantos relatos del evangelio, cómo eres Tú. Porque sabemos que no es una fábula, una historia graciosa que un tal Lucas ha querido contarnos, sino que realmente sucedió hace unos dos mil años. ¡No deja de sorprenderme! Poder imaginar la escena, verla con los ojos del corazón… y saber que es real. Que un día, como hoy, más o menos frío, atravesabas Jericó, una ciudad de la época, con sus casas, su gente… Sí, una ciudad de la que hoy nos dan testimonio sus ruinas. ¿Y ya está? Bien sabemos, Señor, que no. Si tu vida se nos ha transmitido no es por un interés historicista. Sabemos, tenemos la certeza, sí, la certeza, hasta el punto de dar la vida por ello, de que has resucitado. No es la historia de uno más, sino la del que ha vencido a la muerte, y reina por los siglos. Por eso el evangelio no es algo del pasado, sino que tiene toda actualidad. Es tu voz que nos habla hoy. Y nos dice, también a nosotros, hoy ha sido la salvación de esta casa. Vemos a Zaqueo subir a un árbol para verte a ti, Jesús. Pero Tú no le pides que haga cosas extraordinarias. Baja enseguida, le dijiste. Y por ese encuentro estando frente a ti, cambió. Conoció el amor y el sentido de la vida: amar. ¿Y a nosotros qué? Vemos a Zaqueo bajar del árbol, pero tú, ¿dónde estás? Desde nuestra posición de criaturas, de pecadores, de necesitados, te vemos subirte al Árbol. ¡Y qué árbol! Subes para enseñarnos el amor, para mostrarnos todo lo que valemos, el sentido de nuestra vida, para decirnos desde ahí, si queremos escucharte, hoy ha sido la salvación de esta casa. Levanto los ojos y sobre el Altar te contemplo. A ti, que has subido a la Cruz por mí. Y absorto en ti mi corazón revive, de una manera pobre, pues no sé hacerlo de otro modo, lo que pasó aquel viernes de primavera. Dios hecho hombre, dando la vida por amor. Ahora, en el silencio de esta capilla, se escucha ese mismo grito desde la custodia: TENGO SED. Es el grito del amor. La máxima expresión de amor. Y te contemplamos sabiendo que eres el vencedor de la muerte, el Viviente. El Crucificado glorificado. Ya no hace falta que nos subamos a los árboles para verte, que busquemos consuelo en nuestras propias fuerzas, que tratemos de ocultar la realidad porque es demasiado dura. No, porque Tú has vencido. Y así te presentas hoy, reinando en esta capilla, expuesto a nuestros ojos. Sabemos que Aquel a quien contemplamos es el que reina con el Padre en la unidad del Espíritu Santo. Y tu trono es la Cruz. Y tus marcas reales las cinco llagas, que contemplo enamorado. Y así, con la certeza del amor, sabiéndome indigno de tanta gracia recibida, solo así entiendo estas palabras que la Santa de Ávila dejó escritas: No nos pides más que aceptemos ese Amor. Aquí estoy, Señor.

En la Cruz está la vida
y el consuelo,
y ella sola es el camino
para el cielo.

En la Cruz está el Señor
de cielo y tierra,
y el gozar de mucha paz
aunque haya guerra.

Todos los males destierra
en este suelo:
y ella sola es el camino para el cielo.

Después que se puso en Cruz
el Salvador,
en la Cruz está la gloria,
y el honor;
y en el padecer dolor,
vida y consuelo,
y el camino más seguro.