Oración de los martes

EVANGELIO

Del evangelio según san Juan (6,30-35):

EN aquel tiempo, el gentío dijo a Jesús:
«¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del cielo les dio a comer”».
Jesús les replicó: «En verdad, en verdad os digo: no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo».
Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de este pan».
Jesús les contestó: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás».


CANCIONES

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MEDITACIONES

“Yo soy el Pan de Vida” 

por Pedro C.

Buenas noches, Señor. Me vas a perdonar, pero hoy no sé qué decir. Si por mí fuera, me acurrucaría en tu regazo como San Juan, y me sumergiría en tu mirada amante y consoladora, mientras tus ojos me dicen “No temas, yo he vencido al mundo”. Esta mañana, me han comunicado que ha fallecido un buen amigo mío de la parroquia, de Santo Tomás Moro: estoy convencido de que ya le has abrazado, es Jaime. Seguro que él ya lo entiende todo, lo comprende todo, por qué es ya contigo eternidad. A mí aún me cuesta.

Lo siento Señor, pero hoy, teniéndote aquí verdaderamente presente, en el escándalo de la Eucaristía, sabiendo que me ves, que me oyes, necesito pedirte que me ayudes a comprender. A comprender que la Vida de la que eres pan, no es la de aquí abajo, que es, como dijo Santa Teresa, “una mala noche, en una mala posada”; que la vida que tú propones, si bien es verdad que ya empieza aquí, es la eterna, aquella a la que subiste para prepararnos un sitio, aquella que Jaime ya disfruta. Ayúdanos a comprender a Ana (su mujer), a toda su familia, a mí, que solo tú puedes aceptar el abrazo intenso, esencial y a veces desgarrado, del hombre, buscando una razón para vivir y para morir: a uno mismo, a los estereotipos, a sus planes, y el momento, “para dormir el sueño de la paz”. Y que, para eso, para dar sentido al sinsentido, para estar en lo más profundo de nuestro ser, de nuestra grandeza y nuestra pequeñez, te hiciste Pan, te hiciste comida, te hiciste Eucaristía.

Ayúdame a comprender que aquí en el Seminario estamos, estoy, para ir forjando mi alma y mi personalidad, mi inteligencia y mi corazón, de esa rara aleación con la que forjas a tus elegidos, la que hace comprender que menos es más, que ser el último es ser el primero; que solo el que se vacía, se llena; que la muerte es solo, la antesala de la vida.

Permíteme, Señor acabar gritando al mundo, que morir, se acaba, que Tú has vencido a la muerte con Tu Resurrección, y que viniste y te quedaste en la Eucaristía, para darnos Vida, y vida en abundancia. Termino como siempre con palabras prestadas, esta vez del Padre José Luis Martín Descalzo en su último libro, “Testamento del pájaro solitario”, con las que quiero abrazar, ahora en la distancia, hasta que pueda hacerlo en persona, a la familia de Jaime, y a todos los que lloran la pérdida de un ser querido, a todos los que alguna vez se han sentido morir por dentro, y decirles, de tu mano, porque solo no podría:

«Y entonces vio la luz. La luz que entraba
por todas las ventanas de su vida.
Vio que el dolor precipitó la huida
y entendió que la muerte ya no estaba.

Morir sólo es morir. Morir se acaba.
Morir es una hoguera fugitiva.
Es cruzar una puerta a la deriva
y encontrar lo que tanto se buscaba.

Acabar de llorar y hacer preguntas;
ver al Amor sin enigmas ni espejos;
descansar de vivir en la ternura;
tener la paz, la luz, la casa juntas
y hallar, dejando los dolores lejos,
la Noche-luz tras tanta noche oscura».